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Para las niñas de Nigeria, la educación es la llave que abre las puertas al progreso

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Por Nnenna Agba

Fecha: 30 July 2014

Este artículo de opinión fue escrito en nombre de cinco hermanas nigerianas y su objetivo de acceder a la educación

In the words of Op-Ed Nnenna Agba

Criada en Nigeria, Nnenna Agba logró popularidad tras participar en el programa de televisión de gran audiencia America’s Next Top Model. Gracias a varias becas ganadas merecidamente, se licenció en Química por la Universidad de Texas A&M; además, obtuvo una Maestría en Desarrollo Urbanístico. Nnenna está costeando la educación de sus cuatro hermanas en Nigeria y es la cara del Proyecto Kechie, una ONG que ofrece becas a niñas de escuelas nigerianas.

Crecí en Nigeria, en una cultura en la que estar embarazada de un varón valida a una mujer y a su familia, y en la que un hombre ocupa inherentemente un lugar superior en la sociedad, por encima de la mujer. A los 11 años de edad ayudé a mi madre a dar a luz a su quinta hija, mi hermana más pequeña, y vi morir nuestra madre en manos de un médico incompetente.

Mi madre había sucumbido a las exigencias de su sociedad; aunque ya había tenido cuatro hijas sanas, por tradición quería tener un hijo varón, incluso a costa de su vida. Fue entonces cuando me di cuenta de los factores subyacentes que la sometían a esa situación tan difícil, mostrándome una clara imagen del lugar que yo ocupaba como niña en la sociedad nigeriana.

Casi de manera inmediata, la importancia de la educación adquirió un significado distinto en mi vida y en la de mis cuatro hermanas. Estudié para licenciarme en Química y obtener una Maestría en Desarrollo Urbanístico. Gracias a mi educación he podido sufragar la educación de mis hermanas pequeñas en Nigeria, aumentando así la posibilidad de que tengan un futuro mejor que vaya más allá de las limitaciones tradicionales definidas por nuestra sociedad.

Para las niñas de Nigeria, como mis hermanas y yo misma, la educación abre las puertas a la oportunidad de triunfar más allá de las expectativas establecidas. La educación es un derecho fundamental, y creo firmemente que es algo que todas y todos debemos recibir de forma natural. Es la única opción que tiene la mayoría de las niñas nigerianas para superar el sistema cultural y tradicional de estratificación que sigue situando a las mujeres en un lugar inferior al de sus compañeros masculinos, tanto desde el punto de vista económico y político como social. Las mujeres que han podido librarse de este sometimiento lo han logrado principalmente gracias al empoderamiento conseguido con la educación. Una buena educación ofrece a las niñas de Nigeria la oportunidad de convertirse en miembros de su sociedad valoradas, y por este motivo esencial lucho para garantizar que mis hermanas sigan con sus estudios.

Para las niñas de Nigeria y de todo el mundo, la educación puede ofrecer independencia económica, allanar el camino hacia la participación política y empoderar a mujeres y hombres con los conocimientos necesarios para enfrentarse de manera activa y eficaz a normas opresivas que perpetúan diversas formas de violencia contra las mujeres. En contraste a la cultura de desigualdad de género que persiste en Nigeria, la educación es el escaparate de una alternativa cultural, un escaparate que debe beneficiar a las niñas nigerianas. Permitir que las niñas descubran otras maneras de vivir representa una amenaza importante para grupos extremistas como Boko Haram.

Pese a que soñamos y aspiramos a que ocurra un milagro que nos conceda soluciones inmediatas, sé que el cambio no surge por arte de magia, ni de la noche a la mañana; por contra, requiere dedicación y un esfuerzo colectivo incesante. La muerte de mi madre es fruto de normas sociales injustas que facilitan una desigualdad de género perversa. Las costumbres de una sociedad vienen definidas por sus generaciones anteriores, y, de la misma manera, sus futuros ciudadanos pueden remodelar la cultura que las rige fomentando nuevas normas a través de la educación.

Soy optimista y creo que es posible cambiar el mundo, mejorar la condición de las mujeres estén donde estén, especialmente en lugares como Nigeria. Lo creo así no porque sea ingenua o porque no sea consciente de las deficiencias de muchas iniciativas que quieren poner en marcha el cambio. Mi optimismo nace de un intento desesperado, de una convicción profunda de que el mundo en su conjunto —líderes, ciudadanas y ciudadanos— debe despertar ante la urgente necesidad de poner fin a la injusticia contra las mujeres. En mi opinión, la necesidad y la posibilidad son ahora sinónimos, ya que vivir con las consecuencias de la desigualdad de género sólo refuerza la idea de que el cambio es ineludible.

Mientras mi corazón se desgarraba con el grito de socorro de “Bring Back Our Girls” (Devuelvan a nuestras niñas), mi mente soñaba desesperadamente con la ilusión renovada de que Nigeria ya no podía seguir dando la espalda a la agonía de las mujeres y niñas. Lamentablemente, a veces tenemos que presenciar el dolor para aunar toda la pasión de un país, promover el cambio sin reservas y exigir que el gobierno actúe. Si bien Boko Haram se percibe como un obstáculo al progreso, el mayor impedimento radica en una reticencia más general de adoptar medidas para proteger a las niñas de Nigeria, que lo único que quieren es educación.

Las niñas nigerianas, como mis hermanas y yo misma, queremos y merecemos que se cumplan nuestras aspiraciones de convertirnos en miembros valorados de la sociedad. La educación es el camino que puede hacer este sueño realidad.

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