La salud de la mujer es la salud de todos

Por Melinda Gates

Fecha: miércoles, 1 de abril de 2015

Oped Melinda Gates
La Fundación Gates

Melinda Gates es copresidenta de la fundación Bill & Melinda Gates. Junto con Bill Gates, modela y aprueba las estrategias de la fundación, revisa los resultados y establece la dirección general de la organización. Juntos se reúnen con contrapartes y socios para llevar adelante el objetivo de la fundación de mejorar la igualdad en Estados Unidos y en todo el mundo. Realizan muchas presentaciones públicas para promover las cuestiones de la fundación.

Mi esposo Bill y yo nos autodenominamos optimistas impacientes. Iniciamos nuestra fundación porque creemos que cuando se trata de mejorar la vida de las personas más pobres del mundo, las cosas más increíbles se vuelven posibles. Pero somos impacientes porque el progreso que el mundo necesita con tanta urgencia no se está produciendo con suficiente rapidez, especialmente para las mujeres y las niñas.

No hay que ser expertas en desarrollo global para saber que las mujeres y las niñas de todo el mundo siguen enfrentando barreras de género para alcanzar su pleno potencial. Tampoco debe sorprender que cuando se frene el desarrollo de las mujeres y las niñas, la salud y la prosperidad de sus comunidades también sufran. Cuando la ex Secretaria de Estado Hillary Clinton dijo las famosas palabras “los derechos de las mujeres son derechos humanos”, se trataba de algo más que excelente retórica: era un poderoso recordatorio de que el mundo nunca podrá lograr un progreso verdadero si la mitad de la población queda rezagada.

A principios de este mes, nuestra fundación se asoció con la Fundación Clinton para difundir el informe de Participación Plena, una mirada abarcadora de la situación de las mujeres y las niñas en todo el mundo. Este informe complementa la evaluación global del Secretario General de Naciones Unidas del progreso en la igualdad de género, que también se difundió en el segundo trimestre de este año. Juntos, estos informes miden cómo han cambiado (para mejor o para peor) las vidas de las mujeres y las niñas en los 20 años transcurridos desde la histórica Cuarta Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre la Mujer en Beijing.

Para la parte optimista que hay en mí, el informe de Participación Plena es motivo de celebración. Tenía un interés especial en ver los progresos y las carencias en la salud de la mujer, ya que la salud es un requisito previo esencial para una vida plena y productiva. Los datos nos indican que en toda la historia de la humanidad, nunca ha habido una época mejor para nacer mujer. Las mujeres viven vidas más prolongadas y más sanas que nunca. En los 20 años transcurridos desde la Conferencia de Beijing, el número de mujeres que mueren en el embarazo o el parto ha descendido más del 40 por ciento. Las tasas de mortalidad para las niñas menores de 5 años se han reducido a la mitad. Esto es una prueba innegable de que el progreso es posible y que está teniendo lugar en nuestros tiempos.

Al mismo tiempo, las carencias que revelan estos informes también son un recordatorio formal de que el progreso y el éxito no siempre son sinónimos. Aunque los avances para las mujeres y las niñas han sido monumentales, también han sido disparidades. Todavía hay muchas mujeres y niñas a quienes el sistema les ha fallado, especialmente en los lugares más pobres del mundo.
En ese sentido, aunque en muchos lugares las mujeres del mundo viven más tiempo, en algunas partes la expectativa de vida en realidad ha disminuido. Esto es especialmente cierto en África Subsahariana, que ha recibido un golpe duro con la crisis del VIH/SIDA. En Botswana, la expectativa de vida de las mujeres al nacer ha descendido de 60 años en 1995 a 46 años en 2012. Aunque los casos de VIH/SIDA han disminuido en todo el mundo, las mujeres jóvenes entre 15 y 24 años se están infectando con VIH/SIDA en tasas dos veces mayores que los hombres jóvenes. Para revertir los datos sobre esta enfermedad, debemos hacer esfuerzos deliberados por garantizar que nuestro trabajo de tratamiento y prevención llegue de manera efectiva también a las mujeres y las niñas.

También me produce impaciencia que el embarazo y el parto sigan siendo las causas principales de muerte y de discapacidad entre las mujeres en edad reproductiva. La Organización Mundial de la Salud estima que causas relacionadas con el embarazo y el parto son responsables de la muerte de 800 mujeres cada día. Es un impactante desperdicio de vidas y potencial humano que tiene repercusiones sobre la siguiente generación. Las niñas y los niños cuya madre muere en el parto tienen mayores probabilidades de morir antes de cumplir dos años.

Lo que me hace sentir todavía más impaciencia (aunque también, en última instancia, más optimista) es que tantas de esas muertes se pueden prevenir con intervenciones sanitarias simples y de efectividad comprobada. Una de cada cuatro mujeres que mueren en el parto lo hace debido a una hemorragia, algo que suele poder prevenirse con medicamentos que cuestan menos de un dólar. Una manera clave de llegar a más mujeres con estas intervenciones es garantizar que todas las mujeres tengan acceso a atención de calidad durante todo el embarazo. Cuando surge algún problema durante el trabajo de parto o el parto, la presencia de un asistente médico capacitado puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Aun así, muchas mujeres, especialmente en lugares pobres y rurales, siguen dando a luz sin una asistencia capacitada. Esa es una brecha que debemos cerrar.

Otro aspecto importante para alcanzar una verdadera igualdad de género es ampliar el acceso de la mujer a herramientas de planificación familiar. Si bien es cierto que más mujeres en todo el mundo logran acceder a estos recursos, sigue habiendo aproximadamente 220 millones de mujeres en países en desarrollo que quieren retardar o evitar un embarazo pero no usan anticonceptivos modernos. En mis viajes, las mujeres me cuentan que esta es una de sus inquietudes de salud más apremiantes, y que cuando no pueden planificar y espaciar sus embarazos, toda la familia sufre.

Y lo contrario también es cierto: cuando la mujer tiene acceso a los servicios y los productos necesarios para planificar y espaciar sus embarazos, todos se benefician. Las mujeres son más sanas y dan a luz bebés más sanos. Las familias están mejor y tienen mejor capacidad para asegurar que sus niñas y niños reciban atención médica y escolaridad de calidad. Y niños y niñas con mejor salud y educación significa comunidades más sanas y más prósperas en el futuro.

Contrarrestar el avance de las enfermedades infecciosas y mejorar el cuidado reproductivo son sólo pequeñas partes de un panorama más amplio. Un mejor futuro comienza asegurando que todas las mujeres y las niñas de todas partes reciban la atención de calidad que necesitan desde el nacimiento hasta la vida adulta, incluidos servicios de salud mental y tratamiento de enfermedades no transmisibles, de modo que adquieran la posibilidad de vivir vidas sanas y productivas. Y en todas estas áreas, todavía tenemos trabajo por hacer.

Cada uno de estos datos narra la historia de una mujer o una niña, alguien con sus propias aspiraciones y luchas que merece las mismas oportunidades que todas nosotras. Por lo tanto, puede resultar difícil pensar en las necesidades que persisten sin sentirse más impaciente que optimista. Decidamos que, en lugar de sentirnos desalentados, canalizaremos esa impaciencia hacia la acción.

Durante las últimas dos décadas hemos visto que es posible lograr un progreso significativo, pero el progreso en las estadísticas no cambia la vida o el futuro de una niña que se encuentre en el lado indebido de esas cifras. Esa niña es la causa de mi impaciencia, y el potencial que esa niña ya tiene en su interior es lo que me hace sentir optimista.  

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